jueves, 29 de septiembre de 2016

"La Librería de los Escritores", Mijaíl Osorguín. Sexto Piso. Trad. Selma Ancira.

En 1928 se publicó un libro que cuenta la historia del nacimiento y muerte de una librería, que es también uno de esos rumores que rondan en las paredes tras los estantes abarrotados, y que todos los libreros saben y llevan o deberían llevar como mantra.

Lo escribió el novelista ruso Mijaíl Osorguín, en París, porque Lenin sólo se quedó en la Unión Soviética con unos pocos. La Librería de los Escritores es el título del libro y del lugar. Fue fundada en 1918. La idea fue de un historiador de arte, la selección inicial de los libros fue de un bibliógrafo, escritor y traductor, se sumaron un periodista y un poeta. El poeta, Vladislav Jodásevich, escribió dos versos (traducidos por Natalia Litvinova) que retratan en alguna medida el acto de esos libreros y de los libreros: "Es feliz quien cae de cabeza hacia abajo: por un instante el mundo para él es otro". Osorguín y los suyos vieron e hicieron ver las cosas distintitas por un instante que duró tres años. La suya no era una tienda de libros, dice que buscaban que su librería fuera un centro cultural en Moscú, un lugar de descanso y un refugio para escritores, profesores, bibliófilos, artistas y estudiantes, para todos aquellos que no querían romper con la cultura y reprimir sus últimas inquietudes espirituales, buscaban que la suya fuera lo que todos queremos de las nuestras: un lugar al que las gentes "acudían para verse, para conversar, para aliviar el alma del prosaísmo de la vida (...)"

Llevo poco, muy poco como dependiente de libros, tres años son un parpadeo en la vida de un librero. Pablo Felipe, Carolina, doña Lucy, Tomás y Christian, el propio Juan David seguirán ganando en la cosecha de los años, y seguro a ellos les ha pasado lo que a mí y seguro han sabido responder. Cuando sos aprendiz de librero te dicen que tenés que amar la literatura o la sabiduría o los libros, que sos afortunado de tener los libros para vos, y te dicen y dicen cosas que poco tienen que ver con el asunto y mucho con la superficie. Nada más ajeno que la noción de patrimonio, pocas ocasiones conozco más desafortunadas para alimentar el hambre del espíritu que las que se transan en la compra y venta de perplejidades, pocas veces es un lector tan consciente de todo lo que no leerá como cuando se suma a la servidumbre de los libros que alimentarán maderas ajenas. Sin embargo.

Celebro el amor que gestó la idea. Esa idea hoy tiene dos casas y un nombre que determina la vida de pocos y el paisaje de muchos: Libélula Libros. Un año después de que cerraran La Librería de los Escritores el ruso Viktor Shklovski escribió sobre los hombres algo que tiene que ver con los dos versos de Jodásevich, y con todo: "es divertido que un hombre que cuelga de los pies trate de enderezar su corbata torcida. Todos nos pasamos la vida enderezando nuestras corbatas". En los tiempos hostiles de Osorguín La librería logró ser el envés de esa sociedad en declive mientras, o precisamente porque, allí dentro siempre se estaba de cabezas.
Jhon Isaza
Libélula Libros

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