jueves, 29 de septiembre de 2016

"La liebre con ojos de ámbar", Edmund de Waal. Acantilado. Trad. Marcelo Cohen.

Sobre su libro, el propio De Waal ha dicho no saber si trata de su familia, de la memoria, de sí mismo o si sigue siendo un libro sobre miniaturas japonesas. Para mí, es un delicioso libro de viajes cuya lectura intenta uno dosificar a lo largo de los días con tal de que su compañía dure un poco más de lo que debería durar. Y es que tras la historia de unos preciosos netsuke heredados por el autor, se inicia un viaje que comienza con la muerte del tío Iggie en el Japón de los noventa, pero que necesariamente se remonta a la vieja Odessa de mediados del siglo XIX, donde la familia Ephrussi da origen a una enorme fortuna, primero exportando grano y luego como financieros en la glamorosa Viena del Imperio Austro Húngaro y en la interesante belle époque francesa.

A lo largo del libro, uno va recorriendo las calles de París y Viena y, en ellas va encontrándose artistas y escritores como Renoir, Gide, Zola, Proust, Thomas Mann; pinturas y escritos que tienen dentro de sus personajes alguno de los tíos Ephrussi o que no hubieran podido ver la luz de no haber sido por ellos. Como judíos, la familia se había asimilado en la sociedad occidental europea hasta casi desaparecer en ella, pero la judeidad es una cosa que los otros no olvidan, por más que en casa no se hable de ella y eso también se encuentra a lo largo de las páginas, el arraigado antisemitismo que surge cada tanto entre la gente y que los lleva a desconocer y vapulear al más cercano de sus amigos e incluso al más generoso de los mecenas.

Como sea, en algún momento de la historia los netsuke entran a formar parte de la colección familiar y a lo largo de más de un siglo van conformando un legado, tal vez el último de la familia, que va siguiendo la suerte de sus dueños –su diáspora– por otras ciudades como Tokio y Londres.

Durante el viaje, necesariamente se tiene que recorrer el Anschluss, la persecución, la pérdida de la fortuna, la muerte de propios y amigos, el oprobioso nazismo y la expatriación; sin embargo, el libro logra no meterse en el asunto sepia de la historia, ni es mucho menos un elegíaco relato mitteleuropeo de pérdida. Por el contrario, es un libro de retribución a un camino recorrido, un ejercicio a la memoria de lo que significa formar parte de una familia.

Nota: Felices 15 años para Libélula y para todos los que tenemos la dicha de tenerla cerca.

Leonora Castaño
Libélula Libros 

 

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