miércoles, 14 de diciembre de 2016

Darwin entre las computadoras

En el libro El rival de Prometeo (editorial Impedimenta) se presenta un artículo que Samuel Butler, autor de una de las primeras distopías (Erehwon), envió bajo el seudónimo de Cellarius al periódico neozelandés The Press en 1863. Se llama Darwin entre las máquinas, y en él Butler plantea que las máquinas, como los animales, evolucionarán y terminarán convirtiéndose en los gobernantes del planeta. Tengamos en cuenta que Butler se refería a motores a vapor y otras máquinas que hoy en día consideramos obsoletas. ¿Qué pensaría él, por ejemplo, de Deep Blue y su triunfo contra Kasparov (o del reciente triunfo de una computadora de Google contra el campeón mundial de Go)?

Butler afirma que las máquinas están sujetas a un proceso evolutivo casi biológico (de ahí el nombre Darwin entre las máquinas). Para ilustrar su punto, usa la siguiente analogía: es común encontrar ejemplos de animales que, con el paso del tiempo, han evolucionado a versiones más pequeñas y más funcionales de sí mismos. Lo mismo, según Butler, ha pasado con las máquinas: Observemos un reloj, por ejemplo. Examinemos la hermosa estructura del animalillo, el sofisticado juego de las manecillas que marcan los minutos. Pronto descubriremos que esta diminuta criatura no es sino la evolución de los voluminosos relojes del siglo XIII. El argumento de Butler todavía se mantiene: las computadoras, como los relojes, han evolucionado desde la MARK I en 1944 a los celulares que hoy cargamos en nuestros bolsillos. Podríamos incluso afirmar que este proceso evolutivo ha ocurrido con una rapidez sin precedentes: en menos de un siglo la computadora se reprodujo y evolucionó al punto de convertirse en una comodidad que no falta en ninguna parte.

Para Butler, este proceso evolutivo nos dejará en un segundo plano. Nuestra relación con las máquinas, decía, será completamente análoga a la relación que en ese entonces teníamos con los animales: una especie de simbiosis en la que los unos dependemos de los otros. Si por alguna causa cayeran fuera de servicio sus necesidades serían atendidas inmediatamente por médicos totalmente familiarizados con su construcción, afirma Butler. Sin embargo, el panorama nuestro es más preocupante. Los teóricos de la inteligencia artificial hablan de la singularidad, es decir, del punto en el que logremos crear una verdadera conciencia que sea autosuficiente. De ser posible crear una verdadera inteligencia artificial (tema que pertenece a otra discusión), llegará un punto en el que las máquinas podrán reprogramarse y repararse solas. En ese punto la simbiosis que propone Butler no tiene por qué tenerse, y pasaremos a tener un rol decorativo, como lo tienen hoy los caballos.

Aunque en la época de Butler el futuro era alentador, él proponía (en tono jocoso) declararle la guerra a todas las máquinas. Destruirlas por el bien de la raza humana. Siendo nuestro futuro menos alentador, no veo por qué no. 

Miguel González Duque
Libélula Libros