martes, 31 de octubre de 2017

Crónicas de libros

Hernando Valencia Goelkel, Colcultura.


Un libro viejo, no por antigüedad, sino por ser producto de la ordinariez y el mal gusto. Eran los libros que editaba Colcultura en los años 70 (este es del 76). Si todavía encontramos interés en él es por tratarse de ensayos de Valencia Goelkel. Y por una razón adicional: en qué quedaron algunos de los libros que hicieron ruido en esos años.

Muy pocos sobreviven, en todo caso no el de Jan Kott, traducido al castellano como “Shakespeare, nuestro contemporáneo” —que se editó inicialmente en Varsovia en 1961; Valencia Goelkel utiliza la traducción al inglés de 1964—. La insinuación de Kott, por llamarla de algún modo, de que Shakespeare se adelantó a la sexualidad moderna, en especial en Sueño de una noche de verano, fue lo que más impacto tuvo en su momento. Fue favorable para llenar teatros. Pero William Hazlitt —a mediados del siglo XIX— y Harold Bloom dañaron la fiesta al decir que Bottom, el artesano, es el protagonista de la obra. A Bottom no le valen magias, encantamientos ni brebajes para dejar de ser lo que es. No es manipulable. Astucias del autor al colocar como protagonista a uno de los de abajo.

En 1960 aparece la edición de Aguirre de las Obras completas de León de Greiff. Incompletas no sólo porque León moriría en 1976, sino porque no incluía sus prosas, sin contar los desaciertos y erratas con los que él se divirtió leyéndola en Estocolmo, mientras atendía asuntos relacionados con la embajada de Colombia en Suecia. De no ser por la limpia edición de poesía y prosa que hizo Hjalmar de Greiff, tendríamos un León de Greiff trunco. La cita que trae Valencia Goelkel puede servir para mostrar que “la poesía para de Greiff no es un oficio, es agobio de por vida, razón de ser, lacra imborrable, lacerante. Estigma, baldón y malatía peyorativos. Gafedad, manquedad manca y reproche permanentes. Apostolado tonto. Inaptitud e ineptitud consagradas. Inri. Irrisión. Lucro cesante incesante, y daño submergente. Oprobio. Agobio una vez más. Flor de lis en el hombro. Hierro en la espalda. Yerro en el pecho. Lucero en la frente. Tirso y cascabeles de bufón. Cetro de cañas de Rey de Burlas. Nasociranesco [...]”. Pregunta Valencia Goelkel: “¿en qué consiste la tan mentada originalidad de León de Greiff? Simplemente en un hecho insólito en cualquier latitud [...]: la de ser tal, la de la fidelidad a sí mismo [...] los personajes, las fábulas, los mitos, las alusiones y las ironías son indispensables para objetivizar, para darle una estructura autónoma a esa vida interior en torno a la cual gira, incesante y exclusivamente, la obra de De Greiff” (p. 26-27).

Oscar Lewis se va para Ciudad de México a hacer un estudio antropológico de la pobreza y escribe Los hijos de Sánchez, que a Valencia le parece “ideológicamente indigente”. Sin mucha antropología de por medio, Jesús Sánchez le muestra, en dos brochazos, el alma de México: “Puede que las cosas sean distintas en los Estados Unidos. Bueno, quizás sea mejor que no tengamos aquí sino una pandilla en el gobierno, porque tiene una pistola en cada mano. No ha oído el cuento sobre los dos tipos que estaban jugando al póker y el uno tenía dos ases y el otro le pregunta: —¿Y usted? —Dos pistolas. Y entonces le dice: —O.K., usted gana. Y así es aquí el PRI; tiene las pistolas y si alguien protesta, bueno, pues lo coge un carro”.

El libro de Goldmann Para una sociología de la novela (1964), creo que más indigente que el anterior, trae un planteamiento que después acogieron varios estructuralistas franceses: los verdaderos sujetos de la creación cultural son los grupos sociales y no los individuos”. Esto sería una tontería si no fuera por la acogida que tuvo. Las obras de Shakespeare las escribió su época, no un señor que llevaba ese nombre. Es tal vez la mayor sandez de época y la más exitosa. Sin embargo, agrega: “Malraux es uno de los grandes escritores de la primera mitad del siglo XX en Europa Occidental”: ¿Y el grupo social qué se hizo? Este señor es tan apasionadamente científico como apasionadamente francés. Pero no se le puede negar la perdurabilidad, todavía tiene seguidores. 

Aunque parezca raro y hasta un chiste a las generaciones de hoy, hubo en 1966 un concurso de novela nadaísta y hubo además ganadores. Germán Pinzón con El terremoto, Pablus Gallinazo con La pequeña hermana y Humberto Navarro con Los días más felices del año. Los agravios de Gallinazo contra Dios tienen su base en ‘Nich’ (así pronunciamos, dice Valencia, a Nietzsche en Bucaramanga) (¿Ese será también el origen del Grupo Niche?). “El solo hecho de imitar a Camus en La caída tiene ya algo de enternecedor”, dice Valencia, y su paciencia llega hasta leer las tres novelas. Esta tontería por fortuna no perduró.

Todas las épocas escriben más tonterías que cosas serías —éstas son raras o pasan desapercibidas. Aquí el crítico escribe casi en caliente, pues casi nunca deja pasar una sandez sin señalarla. La forma rápida con que captaba tanto las fallas como los aciertos lo convierte en uno de los mejores críticos —junto a Hernando Téllez— de este país. Sanín Cano no llegó a tanto y Gutiérrez Girardot está por evaluar.

Javier Vélez A.
Libélula Libros

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