lunes, 23 de octubre de 2017

El Expreso del Sol

Tomás González, Seix Barral.


Diez relatos que dejan la sensación de estar parado sobre un suelo incierto. Cosas que pasan en Cali, en Boyacá, en La Dorada. Señoras que podrían ser tías o vecinas de uno; historias que, aunque resultan familiares, parecen amparadas bajo un manto siniestro que no se menciona. ¿El de la muerte? ¿El de la insignificancia? Pues no se sabe porque no se menciona. Es como la visión de un lago azul, plácido, pero lleno de cocodrilos. El instante previo a un terremoto, la mente de un sociópata querido por todos, jóvenes departiendo en un bar donde va a estallar una bomba.

Sin embargo, cuando terminé de leer El Expreso del Sol, me las di de crítico y pensé: a estos relatos les falta fuerza. Fuerza: una de esas palabras que usan los chefs reconocidos para juzgar lo que cocinan las amas de casa en los realities gringos. O los enólogos para criticar un mal vino con el que finalmente uno también se emborracha, conversa, se desinhibe y pierde las cuentas de lo rutinario. 

En El Expreso del Sol todo carece de esa fuerza tan fastidiosa. De esa arrogancia que contienen las vidas empeñadas en dejar un legado, de la grandeza que se espera de cualquier cosa, como si todos los escritos tuvieran que ser obras maestras, las comidas experiencias o las vidas sucesiones de actos heroicos. Se trata más bien de una serie de relatos débiles. Débiles en un sentido que no busca demeritar su calidad literaria sino que precisamente se la imprime. Débiles como la sangre de un enfermo, como la vida en general.


Jorge Aranda
Libélula Libros

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