martes, 24 de octubre de 2017

El puente de los sueños

Junichirō Tanizaki, Siruela. Trad. María Luisa Balseiro y Ángel Crespo.



En El pabellón de la paulonia, el primer capítulo de La historia de Genji, Murasaki Shikibu cuenta lo mucho que sufrió una mujer a causa de su belleza. Entre otras tantas cosas, Shikibu revela que ya hace más de mil años las virtudes estéticas y sus goces removían las bases sociales y morales de los hombres. En una serie de actos poco usuales y mal vistos, su Majestad el Emperador prodigaba preferencias que no eran propias a una de las mujeres que estaban dispuestas para su servicio, y al hacerlo se volvía comidilla de los nobles sabios que lamentaban el triste espectáculo que ha traído ya la ruina a otros imperios (en la China del siglo XII el emperador Xuanzong abandonó los asuntos del estado y dirigió toda su atención a la bella Yōkihi, hecho que causó una rebelión y la ejecución de su amada). Las otras mujeres, íntimas, consortes y concubinas, fueron despreciando poco a poco a la bella preferida, este odio nunca oculto le enfermó y le llevó a la muerte.

El puente de los sueños es el título del último capítulo de La historia de Genji y el nombre de un libro que Junichirō Tanizaki escribió entre 1910 y 1934. Son cinco relatos: El tatuador, Terror, El ladrón, Aguri y El puente de los sueños. Los reseñistas dicen que el mejor es el último: porque con él Tanizaki demostró que no estaba tan embebido por la escritura occidental y que no había olvidado la parsimonia, paisajes y temas propios de la escritura japonesa; con él, dicen, Tanizaki supo volver a Genji y a la idea de que la vida no es más que una serie de sueños unidos por el puente de la realidad. Quizá sea cierto.


Pero hay más en ese libro y en los otros relatos. En El ladrón, por ejemplo, unos amigos están conversando sobre el amor y pasan rápido a preguntarse cuál sería el crimen que nunca se permitirían cometer. Todos coinciden en que nada más punible que el robo, el robo a un amigo, porque implica algo más vil incluso que el asesinato: la traición. El tatuador nos lleva a la “época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad”; Seikichi, virtuoso tatuador, tiene una obsesión: completar la belleza de una mujer, elevarla, tiñendo su piel. La belleza de ésta no podía ser sólo física, buscaba una mujer virtuosa. Algo parecido al hallazgo sucedió cuatro años después: junto a un restaurante vio un pie desnudo de mujer, y convencido de que las partes contienen las propiedades del todo, supo que un pie así: perfecto, hermoso, noble, diseñado para pisotear al resto de los hombres, sólo podía pertenecer a la mujer que buscaba. Lo perdió, no obstante, y sólo un año después la virtuosa llegó a su puerta por azar. La técnica que Seikichi usaba era especialmente dolorosa, pero Seikichi necesitó de muy poco para convencer a la muchacha de que el tatuaje la revelaría y la elevaría ante las otras, y quizá sea por eso que la escuchamos decir: “Puedo soportar cualquier cosa por la belleza”.


No sólo sobre la debilidad de los hombres ante lo bello tratan los relatos. En el capítulo veintiuno de La historia de Genji, Genji envía una carta a Asagao, la ex sacerdotisa de Kamo; era día de purificación, su padre había muerto hacía un tiempo y era hora de que ella dejara de vestir de luto y adoptara los colores propios de la tranquilidad que otorga el paso del tiempo, eso le dijo Genji y ella respondió: “Parece que fue ayer cuando sólo vestía el gris del luto/ y hoy semejante pureza significa para mí que todo pasa”, y cierra Shikibu ese intercambio entre ambos con una frase que bien puede contener la idea que sostiene y justifica ese libro de Tanizaki: “la vida es tan frágil”.

Jhon Isaza
Libélula Libros

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