miércoles, 25 de octubre de 2017

Hacia una espiritualidad de los sentidos

José Tolentino Mendonça, Fragmenta. Trad. Teresa Matarranz.


No dejen de leer a José Tolentino Mendonça (cura y poeta). Sí, el mismo de  La escuela del silencio (Tragaluz). Acabo de leer Hacia una espiritualidad de los sentidos (Fragmenta, una editorial tan cristiana como ecléctica). Es apenas el primer capítulo de un libro más ambicioso: A mística do instante. O tempo e a promesa. 

Tolentino se pregunta cuál debe ser el sentido de la espiritualidad hoy. ¿Nos dice algo todavía la mística del alma, esa de San Juan De la Cruz y la noche oscura, Platón y el rechazo de la carne? Tal vez sí. Pero el autor, como Merton y otros  místicos del siglo XX, cree que tal vez podamos explorar otra: la mística del instante. El cuerpo, los sentidos, hace parte central del dogma: "¿Dónde experimentamos mejor el Espíritu [del mundo o de dios] sino en el extremo de la carne viva? ¿Dónde encontraremos su soplo sino en el barro?". Nuestros sentidos están entumidos, cansados, como en los versos de Pessoa: “Estoy cansado, claro, / porque a estas alturas uno tiene que estar cansado. / De qué estoy cansado, no lo sé: / de nada me serviría saberlo / pues el cansancio sigue igual”. Por lo que Tolentino no teme adoptar el estilo de un manifiesto: necesitamos una “nueva” educación sentimental; cultivar, cuidar y refinar las ventanas por las que percibimos el mundo. Una mística, entonces, que nos permita encarar aquello a lo que escapamos hoy: el luto, la muerte, la enfermedad y la vejez. Hemos bombardeado al ojo y al oído: los sentidos de la lejanía, y descuidado aquellos que evocan y traen la proximidad: el gusto, el tacto y el olfato: la piel. Sentidos que además graban en la memoria recuerdos como ningún otro (la magdalena de Proust, etc.) y que logran derrotar el tiempo: “Walter Benjamin escribió que del reconocimiento de un olor esperamos más que de cualquier otro recuerdo: esperamos nada menos que el privilegio del consuelo, ya que ‘un olor diluye años enteros en el olor que recuerda’“. Pero el, digamos, proyecto de Tolentino no se limita al cuerpo. “Necesitamos una nueva gramática que concilie en lo concreto los términos que nuestra cultura concibe como irreconciliables: razón y sensibilidad, eficacia y afecto, individualidad y compromiso social, gestión y compasión, eternidad e instante”. ¡Y que nos reconcilie con el tiempo! Nuestra mayor crueldad es el tiempo, dice Tolentino. Un Cronos devorador que nos obliga a satisfacerlo con objetos, a llenarlo con la promesa ficticia que encierra toda compra. Tolentino se pregunta por qué si la “más loca pretensión cristiana no se sitúa en la esfera de las afirmaciones metafísicas [sino que] es sencillamente la fe en la resurrección del cuerpo”, no lo sentimos como instrumento vital, como instrumento “del deshielo”. “Los Padres del Desierto decían que abrir las manos, incluso antes de pronunciar palabra alguna, es ya rezar”. Abrir las manos, estar atentos: ahí está la mística del instante. Qué es un místico, se pregunta Tolentino. Y como reputado teólogo y hebraísta sabe que la respuesta es compleja, “pero los largos viajes comienzan con un paso corto”. Así, se aventura a decir que, en esencia, un místico es aquel o aquella que no puede dejar de caminar. 

Se alargó la reseña, va la última cita: “Si nos fijamos bien, continuamente somos desposeídos del pasado y, por mucho que hagamos, no podemos anticipar ni un fragmento de futuro, por ínfimo que sea. Solo nos queda el instante”. Henri Michaux lo dijo más simple: “Leo / Veo / Recorro el evangelio de los cielos abiertos”. 

Libélula Libros

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