martes, 14 de noviembre de 2017

La ciudad de las despariciones

Iain Sinclair, Alpha Decay. Traducción y prólogo de Javier Calvo.


Resultado de imagen para Nicholas HawksmoorHe caminado Londres en busca de las iglesias de Nicholas Hawksmoor, para encontrar en la sombra de sus torres lo que este arquitecto del siglo XVII ocultó en las ubicaciones de los edificios y en sus fachadas. He caminado Londres para reafirmar que los perros otorgan estatus a quienes los pasean y para quienes trabajan. También he caminado tras el funeral de un gran criminal. Y he caminado Londres para asquearme de las vallas publicitarias tan familiares para cualquier citadino —porque en las ciudades contemporáneas uno las encuentra por doquier—, y para reconocer la existencia de David Mills, el Hombre de los Búhos, un hombre admirable que cuida aves rapaces heridas y tuvo que marcharse de Hackney, un barrio londinense, por ser un desconocido para la historia oficial (es decir, turística). Pero confieso que no he vivido en Londres, ni nunca la he visitado. Sin embargo, Iain Sinclair, con su mirada, su caminar y con su forma de escritura, me ha llevado hasta allí.

En esta antología compuesta por once ensayos escritos en el transcurso de 40 años, Sinclair, siempre acompañado por un amigo y fotógrafo, contrariando ese principio londinense que privilegia el cuerpo individual en movimiento, busca, como tranquilo paseante a la deriva o como acosador “de mirada afilada y sin patrocinador”, según lo amerite la situación y la terrible vigilancia, esas arquitecturas ocultas por la oficialidad, esos lugares cargados de significado que la guía turística no indica, puntos de fuga de la luz que, luego de ser captados por la lente fotográfica, son la base de una interpretación alquímica que, entre mito y realidad, entre lo sensible y lo intangible, Sinclair construye luego de sus paseos.

Sinclair, a veces con humor hacia la ciudad, y por tanto hacia sí mismo, a veces con cinismo, otras veces con nostalgia, en unas ocasiones con prosa serena, en otras oscura y ruidosa, pero siempre profanando a la ciudad, logra recrear el ambiente citadino, ese en el que encontramos fachadas e interiores cargados de símbolos y personajes desconocidos que llaman nuestra atención, y protagonistas que, por conocidos, queremos pasar de largo; y logra también restituir para el de a pie el uso espontáneo de sus calles, enfrentando a Dios —el Capital— como un auténtico héroe moderno que busca justicia mientras cae al abismo (no está de más recordar que Jack London bajó al submundo londinense en el verano de 1902 y tituló sus vivencias El pueblo del abismo). Cuenta Sinclair que, en una ocasión, mientras escuchaba a uno de los representantes de Dios, un especulador inmobiliario que trataba de convencer a los habitantes de un lugar para que abandonaran su barrio, que sería renovado para los juegos olímpicos del 2012, según él “un desplazamiento temporal”, terminó por hacerle una pregunta: “¿Cómo puede algo volver después de haber sido arrasado?”. Nunca obtuvo una respuesta oficial. Este libro, esta antología, puede ser esa respuesta justa.

William Ospina M.
Libélula Libros

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