martes, 13 de marzo de 2018

Historia de un cerco personal de Lisboa


Resultado de imagen para sostiene pereiraEn los insomnios casi siempre llueve, llovía también esa madrugada que conocí a Tabucchi, sin saber que se trataba de él, llovía en el hotel de esa ciudad que parece haberse congelado con la imagen de una mujer que mira Sostiene Pereira, en un televisor que permanece encendido todo lo que dura la madrugada.

A Tabucchi lo conocí en una película que iba por la mitad, en una película que era más el rumor de una Lisboa que no ha dejado de llamarme desde entonces, el personaje parecía haber nacido para ser narrado por mí, pero otro adorador de Lisboa y la lengua portuguesa la había escrito.
Sostiene Pereira que, gracias a
Los últimos días de Fernando Pessoa, conoció a este poeta que se multiplicareía en sus múltiples heterónimos, que más tarde viviría en El año de la muerte de Ricardo Reis, de la mano de Saramago.

Desde esa madrugada de insomnio, no he parado de buscarlo; fui a la Rua dos Douradores, navegué por su
Libro del desasosiego, por su vida Plural (de nadie), por su Banquero anarquista, por su Hora del diablo y, sobre todo, no hice más que repetir en otras tantas madrugadas “cuando vine a tener esperanza, ya no sabía tener esperanza”, que a estas alturas de la vida ya no sé a quién le pertenece.

Llevaba su
Libro del desasosiego como un talismán, tanto que lo perdí en algún vuelo, lo recuperé en alguna otra caída; tanto lo leí, tanto bebí de él que cuando me asomaba a las palabras ahí estaba, outra pessoa, posesionada entre la bruma y la distancia de una ciudad sitiada a 2.800 msnm.

Lo conocí en un febrero lluvioso de 1999; también llovía un ocho de marzo de 1914 en aquella habitación de la calle Passos Manuel, esa madrugada
 que pergeñó o fue pergeñado por todos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Antonio Mora, los heterónimos de su vida plural y alquimista, como relata Vicente Valero en El arte de la fuga.

Y como una ciudad puede contener otras memorias para albergar
Autobiografías ajenas, El invierno en Lisboa me había anunciado antes Antonio Muñoz Molina, y más tarde, muchos años más tarde, lo volvería encontrar en Aquí nos vemos, de John Berger, y en medio de esta niebla, una amiga alemana antes de perderse para siempre, como el personaje de la novela de Pascal Mercier, me la recomendaría con tal pasión que lo buscaría con un empeño semejante al de Blimunda en Memorial del convento, de Saramago.

Desde aquella noche lluviosa, no he hecho más que embarcarme en un
Tren nocturno a Lisboa, solo así he podido leer a estos autores, con la lucidez del insomnio, ese reverso de la realidad; quizá Lisboa y todos los que han escrito sobre ella no sean más que Sueños de sueños, ese estado del que es inútil despertar, porque todo lo que he leído desde entonces habla de Lisboa, aunque no contenga su nombre.
Libélula Libros

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