viernes, 23 de marzo de 2018

Zonzo

Joan Cornellà, Fail Better Press.

Bucear en el subconsciente

¿Acaso soy el único que piensa que los cómics de Joan Cornellà son acogedores? Dan ganas de vivir en ellos y lo digo en serio. Déjenme explicarles antes de que me lapiden. Si quitas a los asesinos, pederastas, coprófagos, pirómanos, racistas, cocainómanos, suicidas, depredadores sexuales, misóginos, infanticidas, en fin, toda la gama de depravación que puebla la obra del historietista barcelonés, nos queda un entorno idílico para la vida humana.

Fíjense en los fondos. ¿No es una invocación de los barrios gringos de la posguerra, de aquel estado de bienestar inmortalizado por el Hollywood de los 50, en el que un sujeto corta el césped con una máquina podadora bajo un sol radiante y saluda con una abierta sonrisa a una mujer que pasea a su mascota

El placer de sumergirse en los colores pastel, el sentido del orden y de la pulcritud que rige los espacios de sus historias, el diseño de página invariable (clara apuesta por las seis viñetas, con contadas excepciones), su distribución simétrica. Un universo impecable, ideal para reproducirse y morir, de no ser por el resto. En la unión del primer término (personajes) con el segundo (paisaje) está la clave de su tercer libro, Zonzo. Allí se da un contrapunto entre sordidez y armonía.

Esta sensación de repulsión-atracción toma más fuerza si se repara el vestuario de los personajes de Cornellà. Tipos de saco y corbata, mujeres elegantemente vestidas y peinadas. ¿Acaso es una realidad alternativa en donde las buenas maneras están estrechamente ligadas a lo inhumano?

Traicionar el sentido común

El libro contiene 48 historias autoconclusivas, un estilo que el catalán ha desarrollado y divulgado en internet, en donde es muy famoso. El volumen recopila varias de sus “tiras de una sola página” más célebres, como las llama. Es una edición de tapa dura, con impresiones en papel Kimberly. El patrón se repite: un empaque sofisticado para lo abyecto.

Pero la maldad de sus cómics no sería nada sin la irrupción del absurdo. Cornellà defrauda el sentido común del lector, quien espera que el horror lógico surja de situaciones como un bebé que se rompe la cabeza al golpearse contra una mesa o de un niño apuñalado en el pecho por un cazador. En cambio, al final de esas tragedias se topa con la sonrisa malsana y cínica de los personajes (marca registrada del autor), todo al servicio del sinsentido.

Varias historias parecen una inquietante violación de las certezas moralmente acordadas, sobre todo en estos tiempos de corrección política a ultranza: desde un sujeto que utiliza a un vagabundo sin extremidades como patineta hasta un policía que cruza victorioso la línea de meta de una maratón tras dispararle a un corredor negro.

Pero su fin no es la burla, sino todo lo contrario, una crítica encubierta de cuestiones como el racismo, los videos de gatos en internet, la lucha por los derechos de las minorías, entre otros aspectos. Una caricatura llevada al extremo sobre la banalidad intrínseca de nuestra sociedad.

Zonzo puede leerse rápidamente por el carácter esquemático de la narración y la ausencia de globos de diálogo, aunque lo paradójico es que este tipo de lectura no es la mejor forma de enfrentarse al libro. En cada viñeta hay detalles que exigen concentración y pausa, elementos intrigantes y ambiguos que invitan a la interpretación. No es un libro puesto en bandeja con un tono explicativo. Propone un margen para especular sobre lo que quiere transmitir.

Imagino a Cornellà como un buzo, que desciende hacia las profundidades del subconsciente en busca de fantasías pasadas de rosca y que al encontrarlas las conduce a la superficie, en donde humedece su brocha para darles una manito de colores pastel. Quizás el punto de Zonzo y de su obra es que hasta lo más aberrante puede tornarse encantador con la pizca justa de magia.

¿Han visto las películas de John Waters o leído los cómics de Simon Hanselmann? A eso me refiero.

Libélula Libros

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