miércoles, 14 de diciembre de 2016

Entrevista a Patricio Pron

Los libros de Patricio Pron llevan dentro de sí una clave que se reconoce y se transfiere a partir de las cosas que sabemos pero hemos olvidado, esas que vuelven a la memoria pero se distorsionan: y por eso mismo se completan, se describen de formas nuevas. Es como si la literatura tuviera que encargarse de llenar esos espacios en blanco, su función sería entonces esa búsqueda por definir algo que tal vez ni siquiera exista. El tiempo pasa, se acumula y su destino es la incomprensión. El tiempo es un montón de nieve que cae y cae sin ninguna intuición o suposición que sea capaz de explicarlo. La literatura es la resignación y la distracción de ese fracaso, y su esperanza, si interesa, es eso: contar historias. "La literatura es la vida mejorada", se lee en alguna página de No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, la nueva novela del escritor argentino, un libro que aparece como una proeza y que debería compensar cualquier falta que le queramos asignar a ese peligroso adjetivo: nuevo. Hay futuro.

Boletín Libélula Libros: No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles tiene una estructura particular e incluso algunos podrían decir que difícil: ¿qué tanto le importa esto (la forma en la que se va a presentar la historia) cuando escribe?, ¿es algo planeado y riguroso? ¿Cómo comenzó a escribir esta novela?
 
Patricio Pron: La dificultad inicial de la novela es deliberada, por supuesto. Apunta a poner de manifiesto desde el comienzo que No derrames tus lágrimas […] no es una novela convencional, sino una que tiene sus propias reglas y que, por consiguiente, constituye una experiencia de lectura completamente distinta a todas las que el lector haya tenido hasta el momento. Los lectores con los que he conversado sobre el libro me han dicho que la dificultad se convierte en placer si se avanza en el libro, y la verdad es que no se me ocurre mejor forma de definir lo que quiero hacer como escritor que esa.

BLL: En El libro tachado uno puede intuir que la literatura quizá se enriquezca más de lo no dicho y nunca escrito que de lo puesto en el papel y presentado con mayor o menor exigencia a un público. ¿Es No derrames tus lágrimas […] una consecuencia de esta idea, es por esto que nace el proyecto de escribir sobre escritores apócrifos y sus obras inexistentes?

PP: Sí, absolutamente. No derrames tus lágrimas […] es otra forma de hablar de esa “soledad demasiado ruidosa” que es la literatura según El libro tachado.

BLL: Una de las páginas más llamativas de No derrames tus lágrimas […] es la 100, Patricio, y releyéndola nos nace una pregunta necesaria y (ojalá que no) chocante. Copiamos: "la fascinación, el entusiasmo que nos provocan ciertas obras supone una forma de transferencia" y luego: "la literatura crea incluso cuando finge que imita". ¿Cuáles pudieron ser esos libros que se transfirieron en No derrames tus lágrimas […]? ¿Vale anotar Los detectives salvajes?

PP: Sí, Los detectives salvajes es una referencia de cara a No derrames tus lágrimas […], pero también muchos otros libros que a su autor y a mí nos gustaban y de los que hablamos en ocasiones: las Vidas imaginarias de Marcel Schwob y Jorge Luis Borges, ciertas novelas que prescinden del narrador, como algunas de Manuel Puig, el realismo documental de Rodolfo Walsh, los futuristas: hay muchos libros en No derrames tus lágrimas […], y parte del juego que la novela propone es rastrear influencias, trazar genealogías posibles y pensar descendencias.

BLL: Faulkner hablaba de que un artista siempre tiene un sueño ante su obra y que para liberarse de él habría que echar todo por la borda: "el honor, el orgullo, la decencia, la felicidad", ¿es NDTL de sus libros el que más se acerca a esta angustia?
 
PP: No estoy seguro de comprender bien la frase de Faulkner, pero sí pienso que "el honor, el orgullo, la decencia, la felicidad" son cosas de las que uno debe desembarazarse a la hora de escribir. Mucha literatura decente, amable y feliz cuya tarea parece ser apaciguar al lector, y apenas deja una huella en nosotros después de haberla leído, parece poner de manifiesto que, en realidad, la función de la literatura es otra muy distinta; apuntar a lo desconocido y a lo inmotivado, ir hacia el corazón de las cosas en vez de rozarlas con un gesto amable.

BLL: ¿Cree que sus primeros libros fueron escritos en contra de algún modelo? Luego de casi veinte años publicando, ¿qué significa hoy para usted escribir?

PP: Me da la impresión de que todo libro se escribe en contra de algo, contra un cierto estado de la literatura por ejemplo. En ese sentido, sí, mis primeros libros, y los posteriores, han sido escritos como correctivo a las que he pensado que eran concepciones distorsionadas de la literatura o de sus vínculos con la política y la vida. Luego de (según mis cuentas) veintidós años escribiendo, escribir sigue siendo algo muy similar a lo que era en el principio: trazar una línea en el agua, un rastro breve pero poderoso de lo que fuimos y de lo que aspiramos a ser, intentar provocar en algunos lectores el mismo entusiasmo y la misma emoción que nos provocaron a nosotros otros libros y otros autores, ir a sitios a los que se nos había dicho que nunca íbamos a poder acceder, hacer cosas con palabras y que esas cosas reemplacen otras cosas, que nos han sido dadas de antemano como un destino.

BLL: Como libreros todo el tiempo estamos organizando libros, acomodando donde haya (o no) espacio, ¿cómo organiza usted su biblioteca? ¿Le dedica tiempo a esta actividad? ¿Tiene algún capricho como lector?

PP: Oh, gran tema: para ordenar mi biblioteca utilizo un sistema alfanumérico que me enseñaron en Alemania, mientras trabajaba en una oficina kafkiana de documentación en Göttingen; pero es un tema largo, y espero escribir un ensayo al respecto algún día. Si lo hago, será un placer compartirlo con los lectores de Libélula.

BLL: ¿Qué está leyendo ahora?

PP: Muchas cosas, como siempre. Lo más reciente y digno de mención: Había mucha neblina o humo o no sé qué de la mexicana Cristina Rivera Garza, El caballo y el gaucho del argentino Pablo Katchadjian y los excepcionales poemas de la española Amalia Iglesias Serna.