miércoles, 9 de abril de 2014

Las palabras de la noche

Natalia Ginzburg, Pre-Textos. Trad. Andrés Trapiello.

Esta es una novela corta, que se lee rápidamente. No pasan muchas cosas y el tono con el que Ginzburg escribe es un poco distante y triste. Cuando lo leí hace meses me recordó la tristeza ligera de las películas del japonés Yasujiro Ozu, un matiz de tristeza con término propio en japonés (mono no aware) y que está relacionada con la punzada dulce y dolorosa que produce contemplar la impermanencia de las cosas. 

En la novela, es una tristeza que Ginzburg transmite con una prosa musical y percutiva: “Vivimos en este pueblo desde hace muchos años. Mi padre es el contable de la fábrica. El abogado Bottiglia es el administrador de la fábrica. Todo el pueblo vive en función de la fábrica”. Fábrica, fábrica y fábrica. La narradora de la novela quiere dejar las cosas claras y a veces escribe como mandando telegramas. Frase y punto. Frase y punto.

Lo que cuenta el telegrama es la historia de la narradora, Elsa, una muchacha soltera de 27 años. Tiene un hermano en Venezuela y una hermana en Johanseburgo, pero ella vive con sus padres en el pequeño pueblo de la fábrica, al norte de Italia, donde no hay mucho que hacer.

A través de ella, la novela hace un recorrido por su familia pero también por la de los Bottiglia y por la de los dueños de la fábrica, contando entre otras cosas cómo la guerra tocó a cada una. 

La tristeza del libro está en el paso del tiempo, en la soltería de la muchacha, en el nerviosismo que eso genera en la madre y en ella misma. “El disgusto más punzante para mi madre es que yo no me caso; es un disgusto que la mortifica, aunque, de momento, le consuela el hecho de que ninguna de las Bottiglia, con treinta años, se haya casado todavía”.

Aunque la breve novela hace un repaso amplio por la historia de Italia antes durante y después de la guerra, da una sensación de retratar solo una estación: otoño. Hace frío, pero no demasiado. Los árboles están quedándose desnudos. Todo tiende a empeorar, aun cuando pasen cosas buenas. Escrita en 1963, cuando la autora vivía en Londres donde su segundo esposo dirigía el Istituto di Cultura, es una novela discreta, con el poder concentrado y sorprendente de una muchacha que, sentada en el banco de algún parque, se echa de repente a llorar.

Manuel Kalmanovitz G.
Libélula Libros

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